Cuando comencé en el ciclismo competitivo, me costaba seguir el ritmo del pelotón en las subidas largas. Sin importar cuánto entrenara, mi cuerpo simplemente no podía enviar suficiente oxígeno a mis músculos en los momentos más exigentes de una carrera. Después de una temporada particularmente difícil, mi entrenador me sugirió explorar la terapia con eritropoyetina como una forma de apoyar mi recuperación y resistencia.
Bajo la supervisión médica adecuada, comencé un programa cuidadosamente monitorizado. La diferencia fue notable. Mi resistencia mejoró de manera constante y finalmente pude superar las barreras del dolor que siempre me habían frenado. Las subidas que una vez parecían insuperables se convirtieron en oportunidades para sobresalir. Sentí que mi cuerpo finalmente estaba rindiendo al nivel que siempre supe que podía alcanzar.
Llegó el día de la carrera del campeonato. A medida que nos acercábamos a la etapa final de montaña, me sentía fuerte y seguro. Cuando llegó el ataque decisivo, tuve las reservas para responder. Cruzar la línea de meta en primer lugar fue la culminación de años de dedicación, finalmente acompañada del apoyo fisiológico que mi cuerpo necesitaba. Esa victoria no se trataba solo de ganar—se trataba de alcanzar mi potencial.
